Mozambique contra sí misma

Mozambique contra sí misma

Por Carlos Tofiño / 14 nov. 2024

The Observer, la edición dominical del prestigioso diario británico The Guardian, incrustaba el pasado 3 de noviembre una pequeña noticia sobre Mozambique en su sección internacional a la sombra de titulares más destacados sobre la ansiada víspera electoral norteamericana, el agravamiento del conflicto en Oriente Próximo, el horror de la guerra en Sudán o la devastación por las inundaciones de la Dana en España. Un joven de nombre Silvio Jeremías era abatido por un disparo de bala en la capital Maputo al cruzarse, en su regreso a casa, con las protestas callejeras ante los resultados electorales de los comicios generales que se celebraron el 9 de octubre para elegir al presidente de la República. El artículo cifraba en 11 las víctimas mortales, cifra que alcanza ya, según la organización nacional CDD (Centro para Democracia y Derechos Humanos) al menos 30, con centenares de heridos y detenidos en una represión llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales que ha sido calificada por Amnistía Internacional como la peor del país en los últimos años.

La breve noticia presentaba el peor de los escenarios posibles tras la celebración de unas elecciones: sombra de fraude, indignación ciudadana y muertos en la estrada. Un balance nefasto que brota sobre unas aspiraciones insatisfechas para cualquier país donde sus ciudadanos deseen vivir en un contexto social seguro, una democracia saneada y unas perspectivas de vida razonables. Una muy sensible mecha que ha vuelto a prender en esta “joya” de África que se enfrenta ante una auténtica encrucijada contra sí misma.

La cronología de los hechos responde, casi a la perfección, a la de un guion de sobra conocido. El partido en el poder, FRELIMO, proclama su victoria con abrumadora mayoría, más del 70% de los votos, y el aspirante, PODEMOS, un nuevo partido emergente, no reconoce el 20% de representación otorgado y se declara como virtual vencedor. El retraso injustificado de dos semanas en la publicación de resultados por parte de la Comisión Nacional Electoral – CNE y los informes de observadores internacionales sobre irregularidades en el proceso electoral extienden inevitablemente la sombra de la duda. Mientras, el cada vez mayor clamor en las calles intenta ser silenciado con el ruido de las balas. Como resultado, protestas en las principales ciudades del país, restricción de acceso a internet, cierre del paso fronterizo con Sudáfrica… y, lo peor, muertos y más muertos sobre la mesa.

No obstante la secuencia de este perverso patrón, el resultado de las elecciones generales en Mozambique presenta importantes novedades que sitúan probablemente al país en un punto de inflexión político desde la firma de los acuerdos de paz en 1992 tras la prolongada guerra civil que sufrió al poco de independizarse en 1975. Es la primera vez que FRELIMO, Frente de Liberación de Mozambique, partidoque lideró la guerra contra la colonia portuguesa y gobierna el país desde su independencia, presenta un candidato nacido fuera del periodo colonial y sin el bagaje político-revolucionario de los anteriores líderes de este partido con origen marxista-socialista. Daniel Chapo, abogado de formación y con experiencia en el sector de la comunicación como locutor de radio y presentador de noticias televisivas, pretende con su candidatura renovar la imagen pública de un partido institucionalizado en el poder y que arrastra unos déficits de democracia plagado de casos de corrupción, como el de las “deudas ocultas” o el vinculado con las Líneas Aéreas de Mozambique – LAM y la gestión de aeropuertos.

Por su parte, RENAMO, Resistencia Nacional Mozambiqueña, la eterna oposición a FRELIMO, ha caído en representación del 21% hasta el 5% (según los datos otorgados por la citada CNE). Este partido de tendencia derechista y fundado como organización guerrillera con el apoyo del entonces régimen sudafricano del apartheid, la antigua Rodesia y EEUU, fue quien inicio el conflicto armado que desangró al país durante 15 años. Al contrario que su sempiterno rival, la RENAMO sólo reemplazó su liderazgo a la muerte de su líder Alfonso Dhlakama en 2018, presidente del partido desde 1979, manteniendo la lógica de perfil político-militar con una vieja figura de partido como reemplazo con el candidato Ossufo Momade, de 64 años.

Pero la gran novedad de estas elecciones presidenciales ha sido la irrupción en el tablero político de una nueva formación, PODEMOS, Partido Optimista para el Desarrollo de Mozambique, con un candidato outsider, Venancio Mondlane, que con el 20% de votos asignado, arrebata el segundo puesto en representatividad a la RENAMO. Este nuevo grupo político recoge el combo de la insatisfacción que ambos partidos tradicionales han generado en la esfera política nacional en las últimas décadas. PODEMOS surge en 2019 como una escisión de FRELIMO y se presenta en 2024 con un candidato proveniente de las filas de RENAMO, formación con la que se presentó a la alcaldía de Maputo, denunciando ya entonces un resultado fraudulento. Mondlane, de 50 años y proveniente del sector privado, adquirió notoriedad como figura pública mediante su participación en diferentes medios de comunicación y una personalidad carismática haciendo bandera de un discurso político reformista y anticorrupción bajo una retórica de tinte mesiánico.

El nicho de votos también ha ofrecido resultados inversos a la lógica habitual con respecto a otras elecciones. El voto urbano ha sido esta vez capitalizado por el partido emergente que ha sabido conectar con la población joven que no se identifica con una casta política institucionalizada, ni con los tradicionales discursos propagandísticos. Teniendo en cuenta que el 65% de los 35 millones de habitantes de Mozambique tienen menos de 24 años y que más del 50% del potencial censo electoral de 17 millones ha nacido después de la guerra civil, es comprensible entender la falta de identificación con las lógicas electorales de los partidos tradicionales. Aun así, la participación de apenas el 43% muestra un desencanto generalizado por la clase política, una abstención mayoritariamente también juvenil si atendemos a las estadísticas de los comicios anteriores del 2019 donde la participación superó el 50%.

Pero la duda sobre los resultados electorales se mantiene y eso pesa sobre la paz social del país, por lo menos a corto plazo, como han reflejado las protestas en las calles de Maputo. Por un lado, es probable que haya ganado FRELIMO, pero es difícil de creer que ante el desgaste de un partido que ha gobernado durante casi medio siglo y con todo su historial de descrédito institucional mantenga un respaldo electoral del 70%. Lo incomprensible es lo exagerado del resultado, impensable matemáticamente en cualquier proceso democrático depurado y con un listado de serias irregularidades documentadas por la reconocida ONG local Centro de Integridade Publica – CIP. Así, con independencia de la intencionalidad política del dato cuya torpeza es difícil de demostrar, el resultado, como explica el sociólogo mozambicano Joao Feijao, puede estar viciado de origen por un sistema de escrutinio repleto de lagunas y propicio a la trampa (manipulación del censo, papeletas marcadas, extorsiones en el conteo…) que, junto con la exclusión de candidaturas, retrasos en la publicación de resultados y el impedimento de auditorías termina por arrojar un resultado amorfo. Por otro lado, la victoria de Vicencio Mondlane, que se apresuró a autodeclararla incluso antes de la publicación del escrutinio, también es improbable, porque, si bien recoge un sentimiento reformista e inconformista, este se circunscribe fundamentalmente a la capital Maputo cuya provincia, totalmente al sur de las 10 provincias restantes situadas por 2500km de territorio alargado, vive bajo una realidad casi al margen del resto del país.

Si la edad es un factor relevante, más determinante, si cabe, es la lógica geográfica de Mozambique para entender las filiaciones políticas arraigadas en los territorios. Así, bajo una estructura demográfica mayoritariamente rural y dependiente de la agricultura de subsistencia (65%), sumado a unos todavía modestos índices de alfabetización (60%), las lógicas electorales siguen operando bajo unos códigos propios muy alejados de los parámetros que rigen el debate público en medios televisivos o redes sociales de los núcleos urbanos. De esta forma, por mucha aluminosis política que padezca FRELIMO tras 49 años en el poder, no es fácil desmantelar de un solo golpe una red clientelar asentada por décadas y que llega hasta los últimos rincones del mato mozambicano. Además, la FRELIMO todavía goza del privilegio de la memoria histórica en una buena parte de la población por ser el partido abanderado que trajo la independencia y la legitimidad de representar el “bando bueno” durante la guerra civil. Y aunque esta cuestión de legitimidad depende, a su vez, de regiones, provincias y relatos sobre la contienda, RENAMO nunca consiguió capitalizar a nivel nacional (ni internacional) una alternativa real y solvente.

Desde luego, la incertidumbre de los resultados políticos en nada ayudan a un país que afronta unas dificultades crónicas en materia de educación, sanidad, infraestructuras, debilidad institucional, corrupción endémica… sin mencionar el creciente narcotráfico o la revuelta insurgente de corte yihadista en la provincia norteña de Cabo Delgado que, según datos de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados), ha provocado desde el 2017 más de 5000 víctimas mortales y 1´2 millones de desplazados internos, una guerra silenciada que supone una bomba de relojería para la región. La gran paradoja que afronta Mozambique es su salida de la pobreza ante un discurso que ha planeado sobre su pretendido desarrollo. Desde la firma de los acuerdos de paz en 1992 ha existido un empeño internacional en situar a Mozambique como un baluarte de la reconciliación y un ejemplo de crecimiento económico con tasas del 7%, muy por encima del resto de países africanos de la región. Pero la realidad es que, ni la paz fue tan modélica, amenazada en numerosas ocasiones a lo largo de las tres últimas décadas con enfrentamientos armados entre el ejército y milicias opositoras, ni los datos macroeconómicos positivos consiguieron irradiar mucho más allá de la zona sur donde se aloja esquinada la capital de la República en su frontera con Sudáfrica. El resultado es que Mozambique sigue anclada en el fatídico last ten de la lista de países según su Índice de Desarrollo Humano – IDH que elabora anualmente el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), lo que evidencia una cruda realidad ante el aparente crecimiento en cifras.

Mientras, el candidato a presidente Venancio Mondlane, ante el temor de un nuevo atentado de estado, como sucedió con el asesor legal y otro alto cargo de su partido en plena calle de Maputo a los pocos días de la publicación de los resultados electorales, ha abandonado el país, aunque siga desde su exilio arengando a la movilización ciudadana a través de las redes sociales.  Con este panorama, las dudas sobre el resultado son tan legítimas como fundadas, más si atendemos al informe “25 Years of Mozambique Electoral Fraud” elaborado por el experto en política mozambiqueña Joseph Hanlon y citado por el profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid, Daniel Fernández de Miguel en un artículo publicado en El Salto, donde se describe un fraude electoral sistemático a lo largo del último cuarto de siglo sin que se impusiera ningún tipo de sanción para los responsables. Sin embargo, a pesar de la legitimidad de la protesta, existen también dudas sobre la capacidad real de gobernar el país por parte del nuevo partido PODEMOS sin presentar una estructura orgánica construida que garantice su implantación territorial en las 11 provincias, ni una red de alianzas políticas estratégicas avaladas por ningún país de la región. 

En la esfera internacional, organismos como la SADC (Comunidad de Desarrollo de África Austral) y la UE, en su papel como observadores, a pesar de reportar irregularidades, problemas de transparencia en el conteo de votos o el uso desproporcionado de recursos estatales, no han emitido ninguna declaración en contra de reconocer los resultados emitidos por la Comisión Nacional Electoral de Mozambique. Así, si en el paupérrimo ámbito rural hablábamos antes de un clientelismo electoral, esta lógica sutil también se reproduce en la rica esfera internacional. Mozambique tiene una geografía portuaria estratégica para la transacción comercial con sus países vecinos a través de sus puertos de Maputo, Beira, Nacala y Pemba. Este último, a pesar de ser el más pequeño de los 4, ha adquirido una importancia económica estratégica por la creciente actividad minera de rubíes y oro y las gigantescas reservas de gas natural en la provincia de Cabo Delgado cuya explotación está en manos de empresas occidentales como la italiana Eni, la francesa Total o la estadounidense ExxonMobil. No es de extrañar pues, que, ante la expansión de la presencia rusa y china por todo el continente africano, y en particular en Mozambique, Estados Unidos y Europa necesiten asegurar también sus propios intereses con gobiernos corruptos, aunque, como afirma el citado profesor Fernández de Miquel, “sea a costa de limitar sus críticas al fraude electoral mediante una retórica superficial que no va más allá de gestos simbólicos”. Ya lo dice el refrán: más vale malo conocido…  

Lo más probable pues, es que finalmente todo se quede como está, es decir, la tensión en la capital irá rebajándose, el Tribunal Constitucional terminará validando los resultados publicados por la CNE y Daniel Chapo será nombrado el 5º presidente de la República de Mozambique después de Samora Machel (1975–1986), Joaquim Chissano (1986–2005), Armando Guebuza (2005–2015) y Filippo Nyusi (2015–2024). FRELIMO seguirá gobernando el país como en los pasados 49 años, pero ¡ojo! sino es capaz de hacer una relectura de lo sucedido y una enmienda a la totalidad interna de su partido, su degradación puede que acabe siendo su propia condena. Lo que está sucediendo en Mozambique puede interpretarse, a su vez, como un aviso a navegantes para aquellos países vecinos que, con mayor o menor fortuna, mantienen sus mismas estructuras políticas en el poder desde sus declaraciones de independencia: MPLA de Angola; SWAPO en Namibia; ANC en Sudáfrica; ZANU-PF en Zimbabue; BDP en Botsuana o CCM en Tanzania. De igual manera, si Occidente mantiene sus relaciones diplomáticas basadas en una política económica interesada por encima de los derechos humanos y los valores democráticos que tanto gusta proclamar, acabará agotando su crédito para con los países del Sur Global, con su correspondiente ajuste de equilibrios futuros en la geopolítica internacional que podrá pasarle una dolorosa factura.

El embrollo político de Mozambique no es menor. Salir de ese pozo ni será fácil, ni será cuestión de un día, sino que probablemente necesite de una transición política progresiva que, a pesar de los pesares, deba realizarse a través de sus propias estructuras políticas ya existentes. Mientras tanto, Mozambique, tierra fértil y rica en recursos, se encuentra una vez más ante una encrucijada contra sí misma, afrontando su precario presente entre los fantasmas del pasado y los espejismos de crecimiento dilapidado por una clase política mezquina y avalada por un sistema internacional perverso. Y mientras continúe este bucle, su principal potencial, es decir, ese 70% de población joven nacida después de la guerra civil, como el malogrado Silvio Jeremías, seguirá viendo su futuro condenado bajo la aspiración ahogada de un Mozambique mejor. Ojalá se trate de una previsión equivocada.

Publicado en Prisma UC3M

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