Haití ¿hasta cuándo?
Por Carlos Tofiño Rodríguez / 4 abril 2024
La actualidad de los países, especialmente de aquellos marcados por la inestabilidad coyuntural, se explica mejor a través de determinados puntos de inflexión cuyos acontecimientos proyectan o invierten el rumbo de su historia inmediata. En el caso particular de Haití, estos acontecimientos actúan como capas solapadas que se acumulan y proyectan la imagen de un presente en proceso de degradación y un horizonte borroso. La historia de Haití refleja una especie de condena profética impuesta a un pueblo resiliente acusado de cometer el gran pecado de la rebelión prematura por partida doble: primero, por ser la primera república latinoamericana en independizarse y, después, la de elegir al primer presidente progresista en la región tras el final de la Guerra Fría.
Si el lector se preocupa en repasar los sucesos de los últimos dos siglos observará como esta pequeña isla del Caribe de apenas 11 millones de habitantes y una superficie casi como la de Galicia, ha quedado atrapada en un remolino histórico que la está ahogando. Después de la reciente renuncia del primer ministro Ariel Henry en el pasado mes de marzo, el nombrado Consejo Presidencial de Transición bajo la tutela de Estados Unidos y la Comunidad de Estados Caribeños (CARICOM) se debaten sobre la posibilidad de una enésima intervención de Fuerzas Internacionales de Paz que puedan poner fin a la espiral de criminalidad de las bandas paramilitarizadas que controlan gran parte de la capital del país y garanticen una celebración de elecciones pretendidas para este año 2024. Una vieja formula cuyo balance de cuentas ha resultado históricamente negativo para Haití.
Haití nunca atacó territorio extranjero y carece de ejército regular desde el año 1995, sin embargo, es el país latinoamericano que ha recibido el mayor número de misiones internacionales de Naciones Unidas desde el final de la Guerra Fría, un total de 9 en 28 años, ya sean civiles, policiales o militares, con funestos legados como el de la MINUSTAH, Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití establecida en el 2004 tras la segunda expulsión del presidente Jean-Bertrand Aristide. 13 años de misión de paz que, a tenor de la realidad actual, no consiguió completar ninguno de los 4 objetivos propuestos: estabilización política, desarme de grupos criminales, promoción de elecciones libres y fomento del desarrollo institucional y económico. En cambio, dejó tras de sí un historial de masacres, crímenes sexuales y la introducción de una devastadora epidemia de cólera que provocó a partir de 2010 la muerte de decenas de miles de haitianos.
El intervencionismo en Haití ha sido un asedio constante a su soberanía como pueblo. Recién estrenada su independencia, la antigua metrópoli francesa, incapaz de aceptar la victoria de un pueblo literalmente esclavizado, impuso una indemnización de 150 millones de francos como multa por adquirir su libertad, una cantidad que multiplicaba por 10 la renta anual de Haití y que lastró sus primeros intentos de desarrollo económico. En ese contexto de descolonización regional, Estados Unidos empezó a jugar sus cartas como potencia regional, asentando de manera indefinida su presencia en el país desde principios del siglo XX, tanto de una manera expresa, con la ocupación militar más larga realizada por un contingente extranjero en el continente americano (1915-34) y precedida por la confiscación de los fondos públicos haitianos hacia las arcas estadounidenses, como soterradamente, mediante la llamada “Doctrina del cambio de rumbo”. Esta expresión acuñada por el lingüista, filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky refiere al apoyo o derrocamiento de dictaduras como la de los Duvalier (Papa & Baby Doc – 1957/1971-1986) o de líderes democráticos como Aristide (1991 / 2004) según se acomodasen mejor a los intereses de la Casa Blanca. Una doctrina que sigue vigente hasta la fecha en los recientes procesos de gobernabilidad del país. Así, Estados Unidos ha favorecido, junto con la OEA (Organización de Estados Americanos), la llegada al poder en el año 2011 del PHTK, Partido Haitiano de las Cabezas Calvas, de corte neoliberal y conservador, que tras su deriva autoritaria iniciada por Michelle Martelly y continuada por el asesinado Jovenel Moïse, ha expirado su utilidad política con la reciente dimisión de Ariel Henry al verse despojado del apoyo internacional con que fue nombrado bajo el liderazgo de Estados Unidos en el llamado “Core Group” formado por países con intereses geopolíticos y comerciales en Haití.
En este contexto de inestabilidad política, el penúltimo episodio del intervencionismo norteamericano sobrevuela con el suministro de armamento a las bandas paramilitares que controlan Puerto Príncipe. Según un informe de 2023 publicado por la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC), provenían en su mayoría del Estado de Florida (EEUU), siendo parte de él interceptado en la terminal de carga del aeropuerto Internacional Toussaint Louverture. Este “nuevo” fenómeno criminal de gansterismo callejero fue promovido con el objetivo de acabar con la ola de movilizaciones populares de protesta que venían desarrollándose en 2018 por todo el país y cuyo detonante definitivo fue la precariedad económica agudizada tras el anuncio de la subida de hasta un 51% del precio de los carburantes, ajustes propuestos por el Fondo Monetario Internacional. La criminalidad en Haití, como explica el periodista y sociólogo argentino Lautaro Rivara especializado en América Latina y el Caribe, no era significativamente preocupante si se compara con los índices de otras urbes latinoamericanas, muy por debajo de ciudades como São Paulo o San Salvador, pero la provisión de este armamento alimentó la espiral de asesinatos selectivos, masacres y secuestros masivos por parte de estos grupos paramilitares con el resultado de aterrorizar a la población y cortar en seco el ciclo de movilización antineoliberal. Así, en 2023 se produjeron más de 1400 secuestros y 2500 muertos solo en Puerto Príncipe y la media de 2024 recoge una cifra de 18 actos de violencia extrema por día. La guinda a este siniestro festín de violencia descontrolada se produjo con el magnicidio en julio de 2021 del presidente Jovenel Moïse a cargo de un grupo de 28 sicarios colombianos y 2 estadounidenses cuya autoría intelectual está todavía por resolver.
Las consecuencias de esta degradación de la realidad que vive Haití empobrecen, más si cabe, a una población que sobrevive a pesar de la inoperancia del Estado en cuanto garante de servicios básicos en educación, sanidad o seguridad. La basura se expande silenciosa y el hambre, según describe el novelista francés Serge Quadruppani, aparece como metáfora en los puestos de mercado con dientes de ajo vendidos por unidades o bolsitas de azúcar envueltas en papel de estraza. Haití ha colapsado, así sentencia un reportaje del periodista español Nacho Carretero a través de un recorrido por un Puerto Príncipe donde sus calles rotas representan las heridas abiertas de una nación con una clase media extinguida, un aeropuerto fantasma, servicios públicos inoperantes y hombres, mujeres y niños expuestos al capricho de la violencia.
Pero en Haití hace tiempo que llueve sobre mojado. Cuando el 12 de enero de 2010 a las 16:53h la tierra arrebató la vida del 3% de su población, la pequeña isla del Caribe volvió a ser el centro de la atención internacional con una ayuda masiva de fondos y recursos cuya canalización tuvo claros y oscuros generando un efecto de onegización del país y una reconstrucción dirigida por agencias internacionales. De lo que pudo ser un resurgir de las cenizas, volvió a ser un mordisco a su soberanía y tras la reciente espantada de organismos de cooperación debido a la inseguridad generada en el país, el vacío de su actividad en la cobertura de servicios básicos en educación, salud, refugio, agua, saneamiento, etc. se antoja demasiado para un gobierno incapaz e inoperante.
La maldición existencial a la que se ve condenada Haití no es sólo una cuestión de huracanes, epidemias y terremotos, sino que es una maldición diagnosticada por el intervencionismo de grandes potencias, en especial de los Estados Unidos de América. Pero ¿qué interés podría suscitar el país más pobre del continente a la primera potencia mundial? ¿Cómo un país sin industria ni ejército puede suponer una amenaza regional? Los secretos de esta tierra baldía los resume el citado periodista Lautaro Rivara en tres claves políticas: la inmediata, la geoestratégica y la comercial. En cuanto a la primera, todo lo que pasa en Haití tiene un costo electoral en las tierras al norte del Golfo de México. La coyuntura electoral que atraviesa actualmente Estados Unidos necesita, al igual que en otros frentes abiertos allende sus mares, réditos electorales mediante un éxito de “pacificación” que implique el envío de fuerzas militares internacionales. En cuanto a la segunda, Haití, por su proximidad con Cuba, se sitúa en el corazón de la seguridad interior norteamericana, un enclave geoestratégico que requiere extender el control de sus fronteras mucho más allá de la costa de Florida. Y, finalmente, la cuestión comercial. A pesar de tener un 98% de su territorio deforestado y con el maná del azúcar, algodón, tabaco y madera agotados, no resulta una superficie tan baldía, sino que bajo ella esconde interesantes reservorios de oro, plata, cobre y níquel muy seductores para compañías mineras de sus dos grandes vecinos anglosajones del norte. Pero este interés comercial va mucho más allá. Según Rivara, los países del Caribe son valiosos mercados de consumo cautivo, siendo Haití un gran negocio para el sector agroexportador norteamericano que, junto con República Dominicana, conforman los dos principales proveedores de un mercado haitiano que importa prácticamente todo lo que consume.
Y no es sólo su principal suministrador, sino también su cliente number one: según datos del Banco de la República de Haití (BRH), Estados Unidos recibe más del 80% de sus exportaciones, lo que genera una excesiva subordinación a las políticas arancelarias de Washington como principal comprador. Decir que Haití hace las veces de sucursal económica del Gran Hermano del Norte parecería exagerado, sin embargo, uno de los símbolos más destacados de la cultura yanqui del deporte podría resumir esta especial “relación” de dependencia. Sin existir identidad por el beisbol, Haití se convirtió durante los años 70 y 80 del siglo XX (dictadura de Baby-Doc) en el principal proveedor de pelotas de béisbol del mundo. Fue una época en la que, como explica el médico y antropólogo estadounidense Paul Farmer en su libro “Haití para qué”, proliferaron fábricas de montaje de bienes de consumo para el mercado estadounidense como juguetes rellenos, muñecas, camisetas o sostenes que han convertido a la industria textil en el principal motor exportador del país. La subcontratación de toda esta cadena de producción con cientos de fábricas y decenas de miles de puestos de trabajo generaron un factor de dependencia económica subordinado a las necesidades de un solo cliente.
Una dependencia que se convierte en existencial si consideramos las remesas que la diáspora haitiana manda desde el extranjero para la supervivencia de sus familiares en la isla. Se trata de flujos económicos controlados en su mayoría por empresas financieras norteamericanas al ser EEUU el principal país de destino con aproximadamente el 40% de los haitianos emigrados. Según la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) hay más de 1´7 millones de exiliados haitianos registrados fuera de su país, aunque se calcula que la cifra es muy superior debido a la irregularidad en que muchos de ellos se encuentran en países como República Dominicana, México, Brasil o Chile. El fenómeno migratorio haitiano es un drama histórico provocado por las sucesivas dictaduras, golpes de estado, desastres naturales, persecución ideológica, corrupción política, epidemias y subdesarrollo económico. No obstante, todo ello no generó la compasión de sus países receptores, sino todo lo contrario, una marginación institucional con lamentables episodios como la consideración de apátridas a toda una generación de origen haitiano en República Dominicana o la retención forzada durante dos años en la base naval estadounidense de Guantánamo (Cuba) de 278 refugiados huidos tras el golpe de estado de 1991 por el mero hecho de ser VIH positivos. Apenas dos ejemplos de la reiterada violación de Derechos Humanos e incumplimiento del Derecho Internacional para con el pueblo haitiano.
Resumir el ocaso de Haití como una responsabilidad única de Estados Unidos resultaría reduccionista, pero los acontecimientos actuales de Haití no se pueden comprender sin la Historia que entrelaza a las dos primeras repúblicas independientes del continente, a la más rica con la más pobre. Sigue vigente, pues, aquello que decía Noam Chomsky en 1985 a propósito de un estudio sobre la intervención estadounidense en América Central y el Caribe: “No hay forma de dar una medida precisa de la escala de nuestra responsabilidad en cada caso particular, pero tanto si concluimos que nuestra parte de culpa es del 90%, como del 40% o del 2%, es ese factor que debería preocuparnos por encima de todo, ya que es ese factor sobre el que podemos ejercer una influencia directa”.
La salida a la situación caótica que vive Haití no es tarea fácil, pero la Historia debería ayudar a corregir errores del pasado y plantear soluciones políticas realistas. Parece, así, poco viable que el envío de tropas de Kenia bajo el amparo de una nueva misión de paz de Naciones Unidas sea capaz de resolver lo que sus homólogos brasileños, canadienses o estadounidenses no consiguieron anteriormente con mayor infraestructura y conocimiento del terreno. Prolongar el refuerzo institucional por potencias extranjeras a jefaturas de estado que mantienen su gobernabilidad al margen del Parlamento haitiano, tampoco parece una formula muy democrática. Y la opacidad sobre los responsables del magnicidio o el soporte armamentístico a bandas paramilitares haitianas genera serias sospechas sobre hasta cuándo y a quienes les interesa que Haití siga descendiendo a los infiernos. Quizá, el principio constitucional de respeto a la soberanía del pueblo haitiano sea un prudente punto de partida para una solución futura, pero, quizá, como la Historia nos recuerda, sea también una decisión demasiado osada.
Publicado en Prisma UC3M