Información = arma de guerra

RUSIA Y LA INFORMACIÓN COMO ARMA DE GUERRA

Por Carlos Tofiño Rodríguez / 16 mayo 2023

Desde el 24 de febrero de 2022, fecha de los primeros bombardeos rusos en Ucrania, la sucesión de intensos episodios bélicos va conformando el relato de un conflicto cuyo final todavía está por escribir. Para Occidente se trata de una “guerra” provocada por la vulneración de la soberanía territorial de un país independiente, en cambio, para el invasor consiste en una “operación especial”.  La batalla por el relato es una de las clásicas trincheras en los conflictos bélicos donde la información es utilizada como arma de guerra. Sus principales protagonistas han sido tan arropados, como demonizados por el conjunto de la prensa de ambos bandos: si la figura de Zelenski es casi venerada y acogida con cerrados aplausos por los parlamentos occidentales, la popularidad de Putin, según publicó la encuestadora rusa independiente Levada Center, alcanzó en su país cifras por encima del 80% durante los primeros meses de guerra. Siendo Rusia entonces el agresor ¿cómo explicar esta contradicción ante la figura del presidente de una superpotencia que ha infringido todas las reglas de derecho internacional mediante la ocupación militar de Ucrania?

La respuesta la encontramos en el poder del mensaje. Rusia, a pesar de representar el país más grande del mundo con una gran diversidad étnica, lingüística y cultural, ejerce un poder omnímodo sobre sus medios de comunicación. La herencia propagandística soviética fue heredada por el hijo pródigo del KGB, Vladimir Putin, para reconvertir el espectro mediático ruso en una herramienta al servicio del Kremlin. En el año 2013 se produce la transformación de RIA Novosti, la principal agencia de información estatal, que bajo el nombre de Rossiya Segodnya crea un conglomerado audiovisual con Rusia Today (RT) a la cabeza, Sputnik como principal agencia de noticias y La Voz de Rusia en las ondas.

Oficinas de Rossiya Segodnya & Sputnik news agency en Moscú (2017). Foto: K. Kudryavtsev /AFP via Getty Images

Esta restructuración mediática responde a una intencionada proyección de la imagen de Rusia y su perspectiva del mundo hacia un público internacional, es decir, una estrategia para convertirse en un canal contrahegemónico al estilo de las cadenas Al Jazeera, France 24 o Tele Sur. Desde su reformulación, RT y Sputnik han abierto delegaciones en la gran mayoría de las capitales del continente europeo, americano y asiático, con una línea editorial que servía de contrapeso informativo hacia las principales cadenas internacionales como la CNN, CBS o Euronews. Este espíritu informativo le canjeó críticas según su procedencia geográfica bajo los calificativos de extrema derecha por los medios europeos o de izquierda radical en América Latina. Se iba cocinando un desprestigio internacional progresivo hacia RT y Sputnik como medios de comunicación, afianzado por informes de agencias verificadoras internacionales ante conocidos episodios de manipulación mediática como la campaña de desinformación para influir en las elecciones presidenciales estadounidenses o el blanqueo del régimen de Bashar al-Ásad y su utilización de armas químicas en la guerra de Siria.

A nivel interno, el creciente deterioro mediático en Rusia es producto de la intensificación del control estatal hacia los medios informativos independientes, con una derivada aislacionista hacia el exterior, agravada especialmente desde la pandemia de la Covid-19 y el inicio de la guerra en Ucrania. Según el periodista Francisco J. Herranz, excolaborador de la agencia de noticias Sputnik y corresponsal en Moscú durante la década de los 90, “el panorama informativo actual en Rusia es nefasto”. Si atendemos a la Clasificación mundial de la libertad de prensa que publica cada año la organización Reporteros Sin Fronteras (RsF), Rusia se situaría en el puesto 155 de un total de 180 países. Según recoge esta organización en su informe “Talking Control”, existe una prohibición de emitir a televisiones privadas e independientes y la gran mayoría de la prensa escrita está controlada por empresas cercanas al Kremlin. Desde el inicio de la guerra en Ucrania la organización OVD-Info, un proyecto mediático ruso independiente de derechos humanos destinado a combatir la persecución política, ha denunciado la clausura de 27 medios de comunicación, incluidos los extranjeros como BBC, CNN, CBC/Canada o Euronews y el bloqueo de 7000 páginas web.

A partir de la ocupación militar de Crimea en el 2014, el gobierno ruso se blinda con un férreo control informativo mediante la aprobación de una serie de leyes de censura en los años 2015 y 2019 que prohíben la publicación de información “no fiable” que pueda tener carácter socialmente significativo por su relación con la economía, salud o desastres naturales, entre otros asuntos. En el contexto actual de guerra en Ucrania, se han impuesto estrictos condicionantes a los medios de comunicación para colaborar o utilizar fuentes provenientes de organismos internacionales, es decir, sólo la información suministrada por el Ministerio de Defensa ruso es calificada como “fiable”. Este riguroso control es ejercido por el Roskomnadzor, el órgano regulador del gobierno ruso calificado por RsF como “depredador digital de la libertad de prensa”.

Desde el inicio de la guerra, el International Press Institute ha documentado más de 600 amenazas a la libertad de prensa en Rusia, una coacción informativa que se extiende a defensores de derechos humanos, opositores políticos, manifestantes anónimos e, incluso, a la cúpula oligarca que se atreva a discrepar de la línea oficial. La consecuencia de esta censura obliga a informar bajo el status de “agente extranjero” para aquellos que discrepen de la línea oficial del Kremlin, una etiqueta “legal” impuesta a cientos de medios y periodistas que busca su desacreditación ante la opinión pública. Entre los casos más significativos, destacan los del periódico de investigación Novaya-Gazeta, cuyo director Dimitry Moratov recibió el Premio Nobel de la Paz en 2021 y el de Meduza, la página web de noticias más popular en Rusia. Ambos medios se han visto obligados a seguir informando desde el exilio para sortear la censura y evitar la cárcel.

Las ediciones letona y rusa de «Novaya Gazeta. Europe» se ven en un puesto de periódicos en Riga. Un tribunal de distrito de Moscú revocó el lunes la licencia del periódico Novaya Gazeta, una publicación que a menudo critica al gobierno, según la agencia de noticias Interfax. Fuente: EP.

El rodillo censor del Kremlin sólo permite dos alternativas: el silencio o el exilio. Para aquellos que deciden seguir investigando e informando con independencia se arriesgan a duras penas de cárcel. La lista de periodistas en prisión alcanza ya la veintena acusados de publicar “información falsa”, fabricar explosivos o pertenecer a organizaciones terroristas. El caso más dramático es el del periodista de investigación Ivan Safronov, que afronta una condena de 20 años de cárcel por revelar “secretos de estado”. Los corresponsales extranjeros tampoco están libres de los tentáculos coercitivos del Kremlin: el pasado mes de marzo fue encarcelado el periodista estadounidense del The Wall Street Journal, Evan Gershkovich, el primero en la Rusia moderna acusado de cargos de espionaje. La lista más siniestra de los 23 años en el poder de Vladimir Putin corresponde a 6 periodistas asesinados, como el conocido caso de Anna Politkóvskaya en el año 2006 por desvelar abusos cometidos por las autoridades y el ejército ruso durante la Segunda Guerra Chechena.  

En el plano internacional, las acusaciones de propaganda y desinformación hacia los medios estatales de comunicación rusos han provocado el cierre de numerosas delegaciones de RT y Sputnik por las autoridades europeas y norteamericanas. Según el profesor Francisco J. Herranz, que fue Redactor-Jefe de la Sección de Internacional del diario El Mundo, “prohibir su difusión es un error que legitima la censura mediática dentro de Rusia y alienta su proclama antioccidental”. Esto provocó desde Moscú un refuerzo en la retórica imperialista para justificar su “cruzada” y envolver episodios, como la matanza de Bucha, los bombardeos en Mariupol o la adopción de “huérfanos” ucranianos, en pura propaganda oficial. Los medios estatales de comunicación han sido el principal altavoz del Kremlin para sus discursos de odio y legitimación histórica de la invasión de Ucrania, encontrando en las redes sociales un eco informativo idóneo dirigido hacia la población rusa en el extranjero. No obstante, al conglomerado mediático ruso cada vez le cuesta más esfuerzo mantener su prédica nacionalista que empieza a cuestionarse tímidamente desde sus propias bases con debates públicos sobre los objetivos de la “operación especial” ante una audiencia con una creciente inclinación hacia una salida negociada del conflicto, según nuevos indicadores de la agencia Levada.

La desinformación y manipulación informativa es intrínseca a la naturaleza de las guerras, siendo un “clásico” las desiguales e inciertas cifras referidas a bajas en combate manejadas por uno y otro bando. No obstante, ni la propaganda es exclusiva del régimen ruso, ni tampoco ajena a la órbita occidental. De esta forma, los discursos políticos que hoy validan la defensa del agredido, encuentran sus sombras en los silencios de ayer. Desde una perspectiva histórica, la legitimidad que otorga el derecho internacional no siempre es enarbolada cuando el invasor corresponde a un miembro de la OTAN, como sucedió durante la invasión de Irak en el año 2003, o cuando implica a un socio preferente de Occidente, como ocurre con la perenne ocupación ilegal israelí de los territorios palestinos. En la guerra de Ucrania los principales medios de comunicación occidentales han silenciado o pecado de tibieza informativa sobre episodios que pudieran erosionar la narrativa pro-occidental. Ejemplos de ello lo encontramos con la supuesta voladura por EEUU y Noruega de los gaseoductos rusos Nord Stream desvelada por el periodista estadounidense y premio Pulitzer Seymour Hersh; la desigual cobertura referida al anuncio del paquete de sanciones comparado con su relativo impacto en la economía rusa; la compra europea de petróleo ruso por vías indirectas; la eventualidad de casus belli desvelada por la filtración de documentos del Pentágono o la deslucida cobertura sobre las propuestas de paz planteadas por China o Brasil.

Todo ello reabre un tenso debate sobre libertad de expresión, el derecho a la censura y el posicionamiento mediático ante la internacionalización de los conflictos bélicos como sucede con la guerra en Ucrania, una guerra de alta intensidad por la cantidad de efectivos y material desplegado en combate, pero también por las legitimidades y modelos políticos que enfrentan. En este sentido, según afirma la periodista rusa y exiliada en España Inna Afinogenova, para el Kremlin se trata de la defensa de su cultura y fronteras, mientras que, para EEUU y la Unión Europea, de sus libertades y democracia; pero ambos callan las ganancias que reportaría la ocupación de territorios ucranianos a los empresarios rusos o las ganancias de empresas energéticas occidentales y de su industria armamentística.

De vuelta al campo de batalla, analistas de la geopolítica internacional vaticinan el resultado de una eventual contraofensiva de primavera, ¿será la última oportunidad de Ucrania para recuperar sus territorios o se convertirá en una batalla más de una guerra a largo plazo? Sea como fuere, la contienda por el relato se mantendrá como uno de los principales ejes de la estrategia bélica.

Publicado en Prisma UC3M

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