Sahel: golpes de estado

GOLPES DE ESTADO EN EL SAHEL ¿CAMBIO DE CICLO EN LA GEOPOLÍTICA AFRICANA?

Por Carlos Tofiño Rodríguez / 13 nov. 2023

Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. Este antiguo refrán castellano podría servir de certero prólogo para la cadena de golpes de estado sucedidos desde el 2020 en el enclave africano del Sahel. A pesar de constituir África un bloque continental geológicamente compacto, su geografía política requiere de un análisis parcelario para encontrar respuestas a sus fenómenos regionales y vincular sus efectos en el marco de la geoestrategia internacional actual.   

Ante una revisión cronológica de los hechos, en los tres últimos años se han sucedido 9 golpes de estado en 6 países de la franja territorial del Sahel: Malí (septiembre de 2020 y mayo de 2021); Chad (abril 2021); Guinea Conakry (septiembre de 2021); Sudán (octubre de 2021 y abril de 2023); Burkina Faso (enero y septiembre de 2022) y Níger (julio de 2023), a los que se añade el golpe de estado en Gabón (agosto de 2023), país que dejaremos fuera del análisis por estar situado en la zona de África Central próximo al Golfo de Guinea. Si a ello sumamos durante este periodo el conflicto de Tigray, en Etiopía; la guerra civil en Sudán del Sur; la reanudación de las hostilidades en el Sáhara Occidental o las protestas civiles en Senegal, nos encontramos con una enorme inestabilidad política en toda la franja del Gran Sahel que va desde la costa atlántica hasta el Mar Rojo.

Este fenómeno de asonadas militares sucesivas no es casual, aunque su causalidad tampoco responda a un mismo patrón y su explicación genere cierto desconcierto entre los analistas. Como principales denominadores comunes entre los países citados están su pasado colonial francés (excepto Sudán); el islam, como religión mayoritaria y pertenecer al desdichado grupo de los países más pobres del mundo, según el Índice de Desarrollo Humano que mide el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo). A diferencia de lo que sucedía a finales del siglo XX, estos golpes de estado no han puesto fin a largas dinastías presidencialistas (a excepción del Chad, cuyo sucesor producto del golpe ha sido el propio hijo del anterior presidente) y han encontrado un razonable apoyo de la población civil.

Las juntas militares que han sustituido a los gobiernos con sistemas presidenciales también comparten, como afirma el analista camerunés especializado en política exterior Sani Ladan, un discurso rupturista respecto a los lazos que les vinculan con la antigua colonia, denunciando injerencias extranjeras ilegítimas e ineficaces. Salvo en Sudán, no se han producido derramamientos de sangre en las calles y ajustes de cuentas, sino el arresto de la cúpula de los gobiernos depuestos y el consecuente conflicto diplomático y de legitimidad ante las organizaciones regionales africanas y el resto de organizaciones internacionales. En este sentido, estaríamos ante movimientos “neosoberanistas”, como los califica el politólogo camerunés Achille Mbembe y “populistas” (Yvan Guichochua, investigador belga especializado en el Sahel), que buscan poner punto y final a los lazos que los unían con la antigua metrópoli para buscar nuevas alianzas con nuevos socios que les sean más rentables.

Como antiguas colonias francesas, estaríamos ante el final de la Françafrique, algo que ha reconocido el propio presidente francés Emmanuel Macron en visita oficial a Gabón en marzo de este año. La Françafrique, según explica el periodista Marc Bassets, consistía en una red de intereses políticos, económicos y militares que tejió Francia con las antiguas colonias, actuando estos territorios como una palanca para la influencia de Francia a nivel mundial. El final de la Guerra Fría y la globalización fueron el principio del fin para esta relación de dependencia poscolonial y los golpes de estado recientes, la confirmación del final de una época. Toda una serie de cambios progresivos que han provocado el declive de la influencia francesa en favor de un acercamiento a nuevos aliados.

El plano militar es un claro reflejo de este cambio de ciclo: la presencia francesa en el Sahel se ha reducido de manera acelerada con el abandono de tropas en Malí, Burkina Faso, República Centroafricana y, actualmente, en Níger, manteniendo aún bases en Senegal, Gabón, Chad y Yibuti. La permanencia de tropas galas se justificaba, en gran medida, por su apoyo contra la expansión del terrorismo yihadista en una región de amplia extensión territorial, fronteras porosas y falta de desarrollo, pero el fracaso de la Operación Barkhane y unos resultados que reflejan una creciente expansión de cédulas yihadistas en toda la región del Sahel (a excepción de Níger) ha significado un duro revés a la política militar y de seguridad francesa en los territorios de sus antiguas colonias. Según la periodista francesa especializada en África, Anne-Cécile Robert, el enfoque exclusivamente militar impuesto por Francia no ha remediado la situación, pese a la eliminación de centenares de terroristas desde el 2014. Robert afirma que la prolongada presencia de tropas extranjeras ha traído como consecuencia la creación de una economía paralela que detrae recursos y agrava las fracturas sociales, además de alimentar un resentimiento de los estados mayores africanos por la arrogancia de los métodos militares franceses sobre el terreno. Este vacío creado ha sido sustituido por ejércitos mercenarios de procedencia rusa, con Wagner como principal exponente, con bases en Sudán, Libia, República Centroafricana, Camerún, Malí, Argelia, Congo… Los nuevos gobiernos surgidos de los golpes de estado usan a estos ejércitos a sueldo para apoyar su propio sistema autoritario, pero, también, como escolta personal, asesoramiento político, organización de elecciones y apoyo a estructuras de propaganda.

En el plano económico, los países CFA, es decir, aquellos que tienen como moneda común el Franco de la Comunidad Financiera Africana (cuya denominación original era “Colonias Francesas de África”), entre los que se encuentran los países citados de Malí, Níger y Burkina Faso, aunque cesaron su vinculación al tipo de cambio del franco francés en favor del euro (algo que resultaba oneroso para las economías de las excolonias francesas e, incluso, anacrónico) su independencia como moneda regional todavía está  pendiente de reforma. En este proceso de soltar lastre con respecto a la antigua metrópoli y la UE, China se ha convertido en las últimas dos décadas como el gran inversor en el continente africano, especialmente en infraestructuras, sin las contrapartidas en cuanto al cumplimiento de normativas medioambientales o respeto a derechos humanos que tratan de imponer (aunque sea en apariencia) sus homólogos occidentales y se sitúa, además, como un importante prestamista para los países africanos que tienen menor acceso a los mercados internacionales de deuda.

Y no menos importante es la pérdida de influencia en el plano cultural. La baza del idioma francés como lengua oficial en la práctica totalidad del Sahel seguirá siendo un potente canal de comunicación entre Francia y sus excolonias, pero la proyección de los institutos culturales franceses en las grandes capitales africanas es cada vez menor. Como explica Antoine Pecqueur, periodista francés y autor del libro “El atlas de la cultura”, el recrudecimiento del sentimiento antifrancés es ya un hecho en favor de nuevos actores culturales como Turquía, China, Rusia o, incluso, Corea del Sur y, no es casual, que tras los golpes de estado citados varios institutos franceses fueran blanco de los ataques por parte de la población civil.

El protagonismo de estas nuevas alianzas no es desinteresado y la inversión en infraestructura, créditos, convenios de cooperación, alianzas culturales y colaboración militar se ofrece a cambio de la participación en los negocios del petróleo, uranio, oro, diamantes, madera, café, azúcar… y, por supuesto, el codiciado acceso a las tierras raras. Pero ¿por qué ha sido el golpe de estado en Níger el que ha provocado una mayor reacción mediática internacional y una respuesta más contundente por parte de los organismos regionales africanos? Como explica el periodista José Naranjo, hasta el 26 de julio, Níger era el mejor aliado de Occidente y la Unión Europea en el Sahel Central con una estrecha colaboración en materia de defensa, seguridad y control migratorio. Además de sus reservas de petróleo, oro y carbón, Níger es uno de los principales productores mundiales de uranio, materia prima clave en la producción de energía nuclear, siendo Europa uno de sus principales clientes y, fundamentalmente, Francia con 58 centrales nucleares. Su situación geográfica también es crucial, con Nigeria en su frontera sur como país más poblado del continente que, junto con Sudáfrica, son las principales potencias económicas africanas. El golpe de estado en Níger evidencia, por tanto, la constatación del cambio de ciclo iniciado hace más de una década en donde la influencia de las grandes potencias ya no proviene de su pasado colonial.

Ante esta situación, la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) ha advertido a Níger de una posible intervención militar si la junta de gobierno no restituye en su cargo al presidente depuesto Mohamed Bazoum, una respuesta con una implicación mucho mayor comparada con la que ejerció ante los golpes de estado en Malí o Burkina Faso. Esta organización regional, que nació con el objetivo principal de promover la integración económica de los 15 países miembros, ejerce también con capacidad de operar como fuerza de paz en la región, como ya lo hizo en Sierra Leona, Guinea Bissau, Costa de Marfil, Liberia y Gambia. Ante la obvia oposición de 4 de sus países miembros, es decir, los países golpistas de Malí, Guinea, Burkina y Níger, que han sido suspendidos temporalmente, la CEDEAO se enfrenta a una crisis de legitimidad que puede derivar en un conflicto regional. Su presidente, Bola Tinubu, también presidente de Nigeria, país con el mayor peso económico y demográfico del continente, se juega mucho, pues necesita reivindicar su papel como líder regional. Esta crisis de legitimidad, como afirma el historiador marfileño Dagauh Komenan, responde, a su vez, al silencio institucional de la CEDEAO por las violaciones que hacen los gobiernos miembros de sus propias constituciones, mientras que sacan pecho oponiéndose a los golpes de estado militares. Sin duda, toda una falta de coherencia institucional. Según Koneman, existe un sentimiento de que la CEDEAO es un sindicato de jefes de estado que se protegen entre sí.

Con todo ello, extraer unas causas comunes que expliquen la cadena de golpes de estado en el Sahel no resulta certero, si en cambio, algunas conclusiones sobre este fenómeno. En primer lugar, la evidencia, según palabras del politólogo senegalés Gilles Yabi, de un “reflujo autoritario” que se extiende más allá del África francófona. Con este resurgir golpista y ante el peligro de ser el siguiente en pasar por la “barbería”, no es de extrañar que algunos dirigentes hayan empezado a mover ficha en sus respectivos ejecutivos internos. Los golpes de estado, mal que pese su ausencia de criterios democráticos, son un auténtico aviso para navegantes para aquellos no pocos gobiernos y jefes de estado africanos que tienden a perpetuarse sine die en sus cargos, bien en formato de dictadura vitalicia o de regímenes autoritarios con fachada democrática (Paul Biya en Camerún; Paul Kagame en Ruanda; Gnassingbé en Togo; Denis Sassou-Nguesso en Congo Brazzaville; Obiang en Guinea Ecuatorial; Isaías Afwerki en Eritrea; Omar Guelleh en Yibuti; Yoweri Museveni en Uganda…). Aviso que no deberían descuidar, tampoco, aquellos países africanos que todavía mantienen las mismas siglas partidistas desde su independencia.

En segundo lugar, los golpes confirman la pérdida de influencia europea en el continente, particularmente de Francia en el territorio de sus excolonias. Aunque se haya especulado sobre la implicación de Rusia en los golpes de estado, sí resulta más obvio que todo lo que debilite a Europa fortalece las bazas de nuevos aliados como China o Rusia, a nivel comercial, militar y también cultural, prueba de ello son las simpatías demostradas por la población exhibiendo banderas rusas durante la celebración de los golpes de estado en la calle. Y como tercera conclusión, estaríamos ante el fracaso en el manejo de la crisis de seguridad por parte Francia y Naciones Unidas como principales actores en toda la franja al sur del Sáhara. La amenaza yihadista, que inició su expansión por la región a partir de la desestabilización de Libia en 2010 y posterior caída de Gadafi, lejos de estar resuelta, supone un riesgo latente para la seguridad europea y el debilitamiento de su frontera sur en términos de presión migratoria. Oportunidad que Rusia no desaprovecha para aumentar la penetración de tropas mercenarias en la región.

Los golpes de estado en el Sahel han generado en estos tres últimos años una importante desestabilización política y militar en la región, un fenómeno que refleja, como reconoce la periodista Anne-Cécile Robert, un espejo deformante de las reordenaciones políticas que se están produciendo a escala mundial, una crisis del multilateralismo y una reconfiguración de las relaciones internacionales. Así, ante la crisis de gobernanza, los golpes de estado resurgen como alternativa y, ante el hartazgo de la población, la respuesta positiva en las calles aparece como la gran novedad y principal aval.  

No obstante, la paradoja ante la que se enfrentan los países del Sahel con juntas militares en el poder es doble. Por un lado, se presentan como alternativa, pero sin una garantía de buena gobernanza ni depuración interna de unas estructuras castrenses también afectadas por la corrupción. Por otro, ni la denuncia de injerencias extranjeras resuelve la dependencia de estos países del exterior, ni la alternativa de los nuevos socios representa una garantía fiable de unas relaciones comerciales y militares más equitativas que reviertan en mejores índices de desarrollo para la población. Además, el recorrido de gobiernos bajo autoridad militar seguirá encontrando la oposición de las organizaciones internacionales africanas, como la Unión Africana o la CEDEAO, que arrastran, a su vez, sus particulares crisis de legitimidad, sin que ninguna de las soluciones planteadas por ellas, bien la intervención militar o la imposición de paquetes de sanciones, resulten buenas alternativas, pues penalizan más a la población civil que a las juntas militares golpistas.

Lo que sí parece claro es que África y, en particular, los países del Sahel, viven un cambio de ciclo y punto de inflexión histórico, una especie de fenómeno de descolonización 2.0 con marcada intencionalidad de lanzar un mensaje de autoafirmación hacia la Comunidad Internacional, soltar lastre de la herencia colonial y reivindicar el derecho a decidir sobre sus nuevas alianzas. Fichas de un tablero que juegan sus bazas en la geopolítica multilateral propia del siglo XXI marcada por una inquietante tendencia belicista. De momento, la línea que separa el espejismo de oportunidad hacia un futuro más próspero del surgimiento de un nuevo conflicto armado en la región, es tan fina como la arena que cubre la sabana del Sahel.

Publicado en Prisma UC3M: https://somosprismauc3m.wordpress.com/2023/11/13/golpes-de-estado-en-el-sahel-cambio-de-ciclo-en-la-geopolitica-africana/

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